martes, 15 de enero de 2013

respiro


Se me ha dormido el brazo, Lola. Ponte aquí, bonita, aquí cerquita. (respiro) Quiero contarte que hoy ya soy un hombre que duerme.

Quiero contarte que a la tarde ando muy lento y cabizbajo toda la avenida del zoológico. Que bestias indeterminadas tras los muros rugen o lloran  o truenan como concretos monos con cuerpo de concretos leones y concreción de concretos hipogrifos. Que a mí ya se me ocurre una nueva tontería lírica: esta ciudad civilizada, incapaz de contener tu recuerdo asilvestrado, sí contiene a lo salvaje como un amor que forcejea en una jaula donde cada barrote es una lección bien aprendida...

¿Estás bien así, bonita? Ponte así si quieres. (respiro)

Por la avenida del zoológico los animales van por dentro de los muros, vida mía. Afuera sólo hay árboles calvos que preñan los bordes de la vía de hojas muertas más quebradizas al paso de las bicicletas públicas, los tacones y el tranvía que al peso del amor. Date cuenta que la vida va por dentro de los muros, amor, donde las hojas se amontonan quebradizas bajo el cuerpo desnudo de monstruosos mamíferos ajenos al café y a las palabras.

hhh, espera.

Quiero contarte que tu cuerpo sabe a agua si no estás y a cola dulce si estás presente, y que yo siempre estoy dispuesto a jugar contigo a los desiertos porque a todo estoy dispuesto si es de ti. Quiero contarte que puede beberse de tu yo aparente un tú que es el caño de un manantial que mana abundante de esa preciosa planicie con forma de cumbre que un mal viento hizo hace tanto ya de tu alma secreta y erosionada, y que puede beberse sin tregua y también sin sed alguna porque todo puedo beber sin sed alguna si es de ti. De verdad, te lo prometo.

hhh, espera, Lola, espera. hhh (respiro)

Quiero contarte hasta uno con todos los dedos de los que un hombre es capaz abriendo las manos desesperadamente y decir uno como quien abarca el infinito.

Y ahora que estás dormida, amor, quiero contarte de nuevo que hoy ya soy un hombre que duerme, ahora que lo entiendes y sonríes con los ojos cerrados y afuera del zoológico sólo hay árboles calvos que preñan los bordes de la vía de hojas muertas más quebradizas al paso de las bicicletas públicas, los tacones y el tranvía que al peso del amor.

jueves, 10 de enero de 2013

no cualquier palabra


Ya sabrás, amor, discernir entre un poeta y un hombre.

Llegaron los poetas, amor, como hacen los gatos.
No hicieron ruido alguno cuando pisaron nuestro tejado.
No es culpa tuya que no oyeras llegar a los poetas,
pues no hicieron ruido alguno cuando pisaron nuestro tejado.

Trajeron las palabras escogidas, no cualquiera que rueda imperfecta por las veredas mortales de una boca, no cualquiera que leer en la esquela de un hombre justo, bajo el anillo que pasó importante por varios dedos y que hoy se vende en la casa de empeños, en una orden de desahucio más dolorosa y puerca aún que un texto de Cioran o Palahniuk o Rimbaud o Pizarnik o Panero o Bukowski o Cioran o Palahniuk o Rimbaud o Pizarnik o Panero o Bukowski o Cioran, esas noticias diarias que seguro suceden fuera de los diarios, los poetas trajeron las palabras escogidas, palabras que fueron o son hermosos cormoranes que van sobre las olas hermosos y sin ruido alguno como los gatos, aves hermosas que serán visibles cuando los soles y nada cuando llegue el primer frío de la noche que vendrá.

Daño, sexo, suicidio, esperma, yonki, abismo, puta, muerte, polla y crepuscular. Esas palabras.

No es culpa tuya, amor, que no oyeras llegar a los poetas,
trajeron las silenciosas palabras escogidas mientras daban
pasos de silencio en nuestros tejados.
Los poetan se irán, mujer buena que me miras ruidosamente
con tus dos ojos francos y reales,
mas no habrá huellas en nuestros tejados.

Pero este hombre, este hombre bueno que te mira
con sus dos ojos francos y reales,
no se irá cuando se vayan los poetas como hacen los gatos sin ruido y sin dejar rastro.
Este hombre pesa más que una promesa o un gemido.
Este hombre pesa más que su peso en oro.
Este hombre pesa como el daño tuyo que se arranca.

Tú ya has puesto, amor, el oído sobre mi pecho y has oído el músculo que dice pan, que dice suelo ruidosamente sobre nuestro techo ya tan preñado de huellas. Tú ya has alzado la sábana que nos esconde de las sábanas y has sentido en el rostro ese aire visible sobre el que vuelan bandadas de gorriones que sí estarán cuando los fríos de cada una de las noches que vendrán y también con el primer calor de la mañana. Ese aire caliente que huele a pan, a suelo, ruidosamente huele ya a ruidosos críos que llegarán ruidosos pintando los tejados nuestros de ruidoso cielo abierto.

Llegaron los poetas, amor, como hacen los gatos.
Sabe que no hicieron ruido alguno cuando pisaron nuestro tejado.

Pero tú no temas, vida mía, espanté a todos con mi escoba que dice pan, que dice suelo
y ahora estamos en la casa tú y yo solos, y hace calor e instantes sencillos y tú eres tan linda y te amo.

Mis palabras también son escogidas, y vuelan hermosas como hermosas aves que sobre las olas son visibles cuando los soles e invisibles cuando el primer frío de la noche. Mas lo que digo, amor, lo que digo podrás verlo siempre. No cualquier palabra es capaz de hacer el ruido suficiente que te nombre mientras hace calor e instantes sencillos y tú eres tan linda y te amo.


domingo, 6 de enero de 2013

frífrí


A veces el invierno se hace año sobre el pueblo.

Eladio Neves cubre el cuerpo de su hija despacio con el ánimo lento con que una estación cubre a la otra. Allá queda, coronando la colcha de arbolitos pelados, la cara de ojos cerrados con que finje estar dormida Noêmia. Eladio Neves, con el ánimo lento con que la vida va tornándose otra cosa, besa como cada noche la frente de su hija y esta responde abriendo los ojos despiertos bajo los dos párpados cerrados y deja volar por la habitación una sonrisa. Hace frífrí, pai, quédate un ratito. Pero Eladio Neves, con el ánimo lento con que un hombre va tornándose otra cosa, siempre ha cerrado ya la puerta antes de que Noêmia haya terminado la frase y desciende por el pasillo hacia un cuarto azaroso.

A veces los años se hacen inviernos sobre el hogar.

En la escuela, los críos dibujan perfectas mamás sobre papel cuadriculado con el ánimo alegre con que la infancia barre las tristezas y luego enumeran nombres diminutivos con que las mamás van desfilando llenas de mimos en boca de todos. Noêmia pinta soles irregulares de largos rayos torcidos en su cuaderno con su lápiz amarillo y cuando los niños la interrogan por el nombre de su mamá Noêmia responde despacio, con el ánimo lento de quien no sabe por qué hay mayores que son aún más ilusorios que un sol pintado, musitando musical que no conoció, que nunca supo, pero que mamá tuvo que ser el verano porque dicen los pajaritos que cuando mãe vivía no había nunca frífrí en los ojos de pai.

A veces los niños pintan unicornios en los libros de Naturales.


martes, 1 de enero de 2013

Qué bonita estás cuando eres


Pon la mano aquí. Los años no importan.
En realidad nada termina ni tampoco empieza,
qué insoportablemente lineal resulta el transcurso de todo.
Pero pon la mano aquí. ¿Ves como terminan y empiezan los años?
Qué bonita estás cuando piensas.
Cada segundo expira idéntico a una muerte épica en la cumbre, cada segundo quiero besarte.
¿Por qué no nos besamos cada segundo, cada milésima de tiempo®? Deja la mano ahí.
Qué bonita estás cuando pones cara de dudar y estás segura.
¿Por qué no abandonamos el transcurso de todo y transcurrimos? Tú y yo.