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lunes, 25 de mayo de 2015

Quijotes de Avellaneda


Rocinante protestó atado a la oliva apartando buenos manojos de tierra con las patas pero en nada quedó tranquilo, en cuanto notó fresco, y se sentó. El sol escocía como sal en una herida haciendo brillar los cantos del campo, y las amapolas y las copas se mecían llevadas por la brisa con un siseo constante que invitaba a siesta. Alonso buscó sombra y dejó caer la osamenta como un saco a pie del árbol. Sancho se llegó a su lado con dos pedazos de queso y sendas hogazas de pan.

-Debiera usté comer algo, está hoy desmejorado en demasía mi señor, bien pudiera desmayárseme así de pronto y darme buen susto y ya buen trecho llevamos para quedarnos tendidos acá tan cerca de hospedaje.

-Harto me hayo de imaginarios quesos, Sancho, y tampoco ando tan preso de hambres como para otra abstracción. Tan sólo quiero algo de sombra fría y silencio, pues has de saber que es el caballero criatura que entre gesta y gesta necesita más de quietud que de alimento.

Rascose Sancho la testa, mordió queso y pan y dejó ir sonora ventosidad. Miró a la aldea poniéndose la mano desta forma sobre los ojos, al final de la explanada veíanse hombres y mujeres llenando calles de alborozo. Fiesta buena parecía aquella y apetecible para cansadas criaturas que viniesen de desfacer entuertos y restituir honores, caballeros fueren o no fueren.

-Si sé yo bien que no existimos ni el señor ni yo mas que en pluma del que escribe, pero en esas digo que esa buena aldea de allá ha de ser la de Montiel y esa su fiesta. Y si el señor no tiene inconveniente pueda yo acercarme en el borrico y traerme algunas viandas, estas más sabrosas que inventadas y mejores para estas nuesas tripas.

Alonso se descubrió dejando caer la vacía entre las raíces del olivo, se adecentó las cuatro canas cenicientas que pegadas al sudor del cráneo hacían las veces de melena. Lo miró hastiado, gordo aquél como un odre y basto como un arado, mas mirolo con amor y cierta ternura.

-Ay, mi buen Sancho, tan ficticio como eres y tan telúrico en las actitudes. Lo mesmo te diera que fuésemos o que no con tal de tragarte un venado y bañarlo de vinos. Haz lo que vieres, mas mira bien que aquello no es aldea sino pueblo, y que no es tierra de ahoras sino de otros tiempos más allá en que tú y yo no semos ni aún siendo escritos ni reales, acaso remembrados. Ve esos hilares negros que cruzan la campiña de lado al lado horadando la tierra, son hilos de teléfono, alma de cántaro, que no hayas visto tú en tu vida ni mentar, y desos carruajes que campan sonoros sin que medie jamelgo alguno no pudiere decirse que es obra de diablo sino de hombre avespado desos que nuestra iglesia dispone en buena lumbre como de galianos. Haz lo que vieres, digo, y llégate tan presto como te sea menester, mas no te sorprenda que no vean esas gentes de ti más que el aire mejor del que estás hecho...

Rascose Sancho la testa, mordió queso y pan y dejó ir sonora ventosidad. Volvió a mirar al pueblo con pesar notorio y agachó la cabeza mascullando. Al tornarse a mirar vio una muchacha que destacaba especial entre el barullo.

-Más pena me da que no vieren al señor que a mí, que no gozo con mostrarme y nada hice para que mirárseme alma alguna mereciera. Por la señora Dulcinea que allá campa júrole a usté que bien cambiara yo estos quesos, que aunque falaces a gloria saben, por que a su merced miraran todos en justo reconocimiento, que de muchos gigantes del tal tunante Frestón buena cuenta diera mi señor Don Quijote sólo para a mi señora llegarse venturoso y a sus pies darse.

-No responde aquesta dama ni por Dulcinea ni por Aldonza, mi buen Sancho, que de bellísima y honrada Dolores trátase, y por llegarse hasta ella con gigantes no ha habido de bregar el que te habla ni un sólo párrafo, sino molinos como torres el que agora nos inventa y narra, que bien sabe Dios que más horrendos que gigantes resultan los molinos por dolorosos, inamovibles y reales. Y sin embargo mira, Sancho, ese racimo de guijarros blancos que preña la tierra y refulge glorioso al sol desde acá nuestra oliva a la fermosa Dolores de Montiel, no es sino vencida ruina de molino, que ahora sirve de camino o alfombra que a sus pies conduzca.

Rascose Sancho la testa, mordió queso y pan y dejó ir sonora ventosidad. Que el diablo le llevara si su amo no lucía más existente y caballero que nunca bajo aquel olivo, vestido con cuatro latas mal dispuestas, por yelmo una vacía de barbero y por espada un billete sólo de ida en el talgo que lleva de Barcelona a Montiel.


lunes, 9 de febrero de 2015

del frío y del calor


Dolores Mejías había terminado de componer la mesa para la comida, miraba complacida todos los cubiertos lucir como galvanizados destellos dispuestos en perfectas hileras, la gran olla blanca del consomé, la barra de pan ya hecha generosas hogazas en el cesto de mimbre decorado de flores de lís y la ya famosa y oval bandeja de cocido de los Mejías como una cima inalcanzable de viandas, todo sobre el níveo e inmaculado mantel de la abuela reservado para los domingos. Aunque la lumbre hacía del comedor un confortable y cálido caleidoscopio donde los aburridos bodegones que colgaban de las paredes transmutábanse en hermosas naturalezas carmesís, Dolores no pudo evitar sentir un gélido y súbito sobrecogimiento. Dejó las servilletas bordadas sobre la mesa y se acercó a los ventanales emborronados a causa del vaho, deslizó tres dedos cuidadosamente a lo largo del cristal siguiendo una perfecta paralera al marco y se asomó a la transparencia resultante.

En el invernadero del jardín, agazapado frente a las amapolas estaba el cerúleo fantasma de Agustín trasteando en los matojos. Había dejado la característica estela helada a lo largo de todo el césped desde la vallita blanca hasta la puerta del mismo invernadero, allá donde Dolores plantaba sus amapolas y sus azaleas en un clima más propicio. Cuando se apartó, guiñando el ojo, los ramilletes rojos encontrábanse completamente congelados a pesar del calor revelando el espejismo de un puñado de rubíes a los que un dios goloso hubiese espolvoreado de azúcar glas. Dolores frunció el ceño, chasqueó los labios y se apresuró a tomar el abrigo. -Salgo un momento, Padre, ¡vuelvo en nada!... El señor Mejías dejó de cortar jamón y la miró sobre los anteojos torciendo el bigote. -Pero dónde vas ahora, alma de cántaro, que fuera hace un frío negro, Loli. Y además tu madre y tu hermana ya vienen con los platos, que vamos a empezar, por D... Ni acabar pudo, que el portazo fue inminente, sonoro y final.

Afuera el invierno pegaba duro y ya podía otearse alguna que otra bolita de nieve planeando las copas. Dolores siguió la estela congelada en el verde hasta la puerta del invernadero y entró echando humos empíricos y simbólicos por la boca. -¿Dónde estás, gaznápiro?, que te fulmino... ¡Ay, madre mía, que me has echado a perder las flores, ay, madre mía!... En el interior no había ya rastro de Agustín, probablemente esfumado al mas allá de más acá, concretamente detrás de la puerta aguantándose la incorpórea sonrisa. Dolores se acercó a las flores con un obvio mosqueo aún sin poder evitar apreciar lo bonitos que se habían puesto aquellos pétalos de puro hielo entre el bochorno local. Tomó uno de ellos entre los dedos y lo vió fundirse presto mientras las gotas se deslizaban desde el índice a la muñeca. Como en un impulso inevitable se echó el dedo a la boca. A pesar de la tenue salinidad de aquel rocío, pudo reconocer sin ninguna duda en la lengua y en el cielo del pecho lo que el hielo de aquellas flores tan celosamente y en exclusividad había estado guareciendo.

El señor Mejías entró como una exhalación en la estancia. Venía tiritando y con los bigotes de punta.

-Pero bueno, ¿vienes o qué, niña? Se está echando eso a perder, caramba. Ya están todos sentados. ¿No decías que te morías de hambre?

Dolores se volvió con las mejillas coloradas. Cualquiera se habría dado cuenta enseguida de que había estado llorando.


-Ya se me ha pasado un poco el hambre, Padre, no sufra. Y también la sed. Ahora estoy mejor.




lunes, 5 de mayo de 2014

verdad de Dios


La loma del pueblo empezaba a ponerse negra como el carbón en su firmamento, el calor se había esfumado dejando paso a un fresco incómodo, de los que calan. Ernesto Lirondo acababa de llenar otro capazo de limones mientras su hijo Pascual tallaba avieso un tronquito a golpe de navaja.

-Deberíamos entrar, empieza a soplar fuerte, Pascualillo.

Pascual terminó aprisa de horadar el último agujero en la madera y alzó el instrumento con la diestra poniéndolo a contraluz. -Va a sonar bien, esta bicha, padre, verá qué concierto...

Ernesto metió otro capazo repleto de limones en la camioneta y se volvió hacia Pascual sudado como un gorrino mientras se limpiaba las manos en los bolsillos traseros del tejano.

-Anda, niño, déjate de musicajos y arrima el hombro que hoy no me vuelves a hacer lo del sábado. Mira qué nubazas negras vien' por ahí... Como nos coja el tiempo te cuesta el hato, ya te voy avisando...

Pascual se echó la flauta a la bolsa y se descolgó de un salto del arbolito. Alzó otro capazo bien lleno y lo puso junto al resto en el vehículo.

-Tampoco pesa tanto, padre. Es usté' un exagerao... Está viejo. Y amargao. El padre Antero siempre dice que nació usté pa' gente fina, pero que no lo sabe...

-El padre Antero tampoco es que naciera cura, por lo que se oye, y tú sigue hablando que te desnazco de un capón, desgraciao... -Ernesto escupió la colilla finita a su izquierda ocultándole una incipiente sonrisa a su hijo. -Carga y calla, anda, que ya he notao una gota y se me está erizando el colodrilo.

La camioneta arrancó apenas cuatro minutos después cargada de capazos y se deslizó cuesta abajo hacia los Guildivernos dejando su característica falda de humos negros. Padre e hijo estuvieron callados hasta alcanzar la primera de las casas.

-Oiga padre, ¿usté cree que Dios coge limones? Porque a mí me da... que no.

-Dios hace lo que le sale de los cojones, que pa' eso es Dios... Qué tontería, que si coge limones... ¿Pa' qué preguntas eso?

-Es que el Padre Antero dice que Dios habrá hecho los limones, pero que pa' cogerlos ya está el tonto del Ernesto. -El niño sopló la flauta y puso risueño la cabeza en el vidrio de la puerta.

Ernesto se volvió al mocoso con la geta carmesí.

-Oye, tonto'el haba, tú hoy quieres que te deslome, ¿no? Al padre Antero le dices la próxima vez que cuando le apetezca abrir la bocaza que sea para pimplarse otra botella de vinacho, y tú respeta, niñato, respeta, que soy tu padre, leñe...

-Mira que es atún, padre, si cuando el padre Antero dice eso de que Dios habrá hecho los limones, pero que pa' cogerlos ya está el tonto del Ernesto, lo dice porque le respeta a usté... No ve que Dios no es que no coja limones porque no sepa, es porque no quiere, y por eso dice el padre Antero que Dios es un incapaz con muy mala folla, y los ernestos unos benditos a los que hay que querer por narices... -Pascual retomó la flauta y entonó una melodía preciosa que deshizo a Ernesto. -Y eso lo dijo bebiendo agua, padre, que la botella de vino ya se la había pimplao' hacía un buen rato en la sacristía...

Ernesto bajó la luna de la camioneta y escupió una segunda colilla, esta vez para ocultarle a su hijo algo muy distinto a una sonrisa.

El niño bajó entonces la suya y puso la mano afuera bajo la lluvia y la ventolera sosteniendo la flauta en horizontal. El aire frío del camino recorrió los recovecos del instrumento dejando escapar un monótono tirurí que no sonaba a nada.

-Y además, padre, fíjese que la flauta también la toca mal remal, qué quie' que le diga...

Ernesto miró a su hijo y este le pareció un poco más alto que esa misma mañana.

-Tu madre sí que tocaba bien, ¿verdad?

-Buah, padre, mejor que Dios, de aquí a Calatrava...




martes, 23 de julio de 2013

te volverás normal súbitamente


Una madrugada te vas a levantar del camastro, vas a zozobrar zombi en el corredor a oscuras y te vas a meter en el servicio bajo la bombilla que todavía petardea a chequearte la cara en ese tópico espejito que precede a las píldoras, vas a escuchar ese largo silbido que musica al silencio a las cuatro de la mañana y vas a seguirle la pista a ese mosquito espada que zumba y vuela durante los escasos segundos que tarda en atravesar la luz blanca frente a ti y cuando te des cuenta (te darás) de que cualquier cosa que añadas al respecto (por ejemplo que los minutos percuten en las paredes de la vida como péndulos de papel en un angosto pasillo impenetrable, por ejemplo que es el alma lo que vas a chequearte al espejito, por ejemplo que el silencio grita en lugar de callar, por ejemplo que detrás de los espejos no hay ni un mísero reflejo), cuando de te des cuenta de que cualquier cosa, repito, que añadas al respecto va a ser pura y puta y ridícula fabulación, te vas a cagar de miedo en los pantalones, poetastro.

Tan común como inevitable es el color de los cielos. Hay gente próspera y buena que dice que azul, hay poetas y otra escoria que dice que negro, pero el pastor y el pocero saben bien que el cielo es de muchas formas.

Por eso cuando una madrugada te vayas a levantar del camastro y alguien tome tu mano y obligadamente la retenga y lleve su extremo a su cuerpo lentamente pero con fuerza y haga ssh en la sombra y sientas húmedo el hálito de su boca en tu oído y notes su voz preguntando ¿qué ocurre?, notes su voz afirmando nada pasa, notes su voz diciendo ven, todo está bien, te quiero, te amo, no te vayas aún, aguarda, déjame poner aquí la cabeza, notes su voz diciendo hoy pasaron tantas cosas y no estabas... cuando eso acontezca te vas a cagar de miedo en los pantalones pensando en si te arrancaran esa mano de la tuya, si te la extirparan, si te la amputaran. Eso te va a matar de pánico. Te volverás normal súbitamente, así como se entela el cielo por culpa de lo que pasa en la tierra.



viernes, 19 de julio de 2013

noche de mosquitos


Si hago descender la persiana del dormitorio y mi habitación toma tono carbón y se mezcla con el aire y desaparece o acaso aparece en todo el espacio o sea todo es habitación y no lo es nada, acto seguido pienso en Sarco y en el Chile imaginario porque allá también debe pasar igual con las habitaciones si se hace descender la persiana. Me pregunto si también él queda ese corto minuto paralizado como yo pensando en una habitación idéntica en otro lugar y en otro y en otro y me pregunto si en ese corto minuto a veces ha empezado a escribir o ha terminado de escribir algo y me pregunto qué pensará cuando el pulso regresa (regresa como un cólico), si recordará algo de ese corto minuto, sólo un tanto o acaso como yo lo recuerda tan a fuego que todavía duele horas después y después de muchos días y después de años o si siente el impulso de grabarse a oscuras y colgarse en YouTube gritando por la cuesta del delirio bajan viejas cenicientas pariendo clavicordios pero adentro mientras gimiendo minúsculo estoy mal ¿adónde está el pinche amor parado y la dulzura? mientras un hombre de tres metros y medio cubierto de sombra le desabrocha el alma y el cráneo... Hay veces en que me sucede esto mismo calentando un tupper de mi madre en el micro en la cocina desnudo en zapatillas escasamente ataviado con mi pantaloncito negro corto de deporte de Decathlon y sin que medie ningún estimulo pienso en David cruzado de piernas en el banco de Avinguda Prim vestido con su bata de administrativo que es toda blanco nuclear salvo algún lamparón de café o herrumbre y una espeluznante rayita verde esperanza que va del cuello a los huevos, sosteniendo un café y un cigarro y mirando desolado o contento a donde vuelven las esquinas y me siento tan absurdo calentando un tupper de mi madre en el micro en la cocina desnudo en zapatillas escasamente ataviado con mi pantaloncito negro corto de deporte sin poder doblar la esquina pero también desolado o contento porque parece ser que los poetas no estamos en ningún puto sitio aparente (tengo que recordarme no llamarme a mí mismo poeta nunca más y también llamar a David). En ti pienso también, amor, tal vez demasiado, quién sabe, pero ya hoy soy trastorno puro y duro que no puede jurar si existes o no, sólo que eres buena y bonita y me haces sentir en casa todo el tiempo y que si eso es un fracaso de la mente entonces fracaso y fracaso bien como fracasan los fracasados convencidos porque te amo y no me importa el éxito ni una mejor palabra, tan sólo estar contigo. Vera Eikon dice que decir amor es fluvial y decir muerte es ponerse un dique en la boca (no me digas que no es vera esa muchacha) y luego otra vez pienso en Sarco porque debo tener algo jodido acá arriba, algún cable que conecta submarino con ese otro continente, esa otra masa de fango adonde lo tienen rodeado a mi querido Sarco, se lo quieren comer, amor, quieren roerle los huesos y no dejar nada para los gusanos y es una pena porque los gusanos sí lo entenderían perfectamente porque no hay nada que entender y en eso pienso (pensamos, ¿verdad, Sarco?) cuando bajo la persiana y me quedo parado en la mitad de ese cuarto negro y te juro que me quiero morir a veces y no al mismo tiempo por no ser absurdamente melodramático y si no pensara en ti me dejaría caer sobre la cama a suicidarme de normalidad. Esto te lo juro.

Nuestra ruina
es la angustia
de un perro
que confundió
su itinerario
regresando
a casa
por calles
mal iluminadas.

Esto es de Jorge J., amor, luego a veces pone cosas de poetas franceses y no te das cuenta de que no es suyo hasta el final del poema cuando ya lo quieres abrazar, no me digas que no es para matarlo.

Las ratas se conforman con leer filosofía barata a la luz de la pólvora en las alcantarillas ante tanta ausencia de terremotos.

Para matarlo. Cabrón de poeta. Y estos putos mosquitos, es de no creer... qué noche, amor. Sin ti a mi lado. Leyendo blogs. A mí también es para matarme.


lunes, 15 de julio de 2013

en estos días, por tu culpa


Mira, si voy a escribirte es complicado sino bochornoso en estos días tomar una hermosa metáfora y moverla como una banderita de colores en mi ventana gris para que se vea desde la calle abarrotada de grises. Si de pronto me diese por ejemplo por invocar en estos días a las ninfas que excitan, a las sombras que dan miedo, a los interiores del cuerpo secretos... qué rápido me aburriría de mí mismo, qué rapido me pondría sentado una palma en la sien y miraría a la pared izquierda del monitor así como ahora, terrible aunque secretamente avergonzado de mí mismo... Eso has conseguido en estos días, que te escriba y al escribirte te piense no enarbolando un estandarte de besos castos en la mitad de un jaleado sexo popular (imagina) ni adentrándoteme en el pecho en dadivosa ósmosis de buenos llantos (en fin...), no como el perenne abedul de hojas de luz de mi lóbrega loma calcinada (hostia puta), no como otra más, Dios se haga el loco con mi alma, amor, no como otra más... Has conseguido en estos días que escriba pensando en las pecas de tu espalda muy cuadriculada por el enrejado verde del balcón a bonitas celditas amarillas donde jugar al cien en raya con los labios, pensando en que abres una lata de calamares y te embadurnas el índice de tomate y yo ya sé qué me apetece comer antes de ese arroz tan rico y posterior, pensando en la boca abierta de tu siesta por donde asoman dos paletas blancas que no son como perlas ni mármoles exóticos de un oriental palacio, qué va, sino como las dos paletas más bonitas que haya visto yo jamás (e incluyo películas mil de tipas imposibles y neumáticas abriendo boca), pensando en lo bien que hueles después y antes de las duchas, pensando en lo bien que hueles durante y después de haber dormido a pierna suelta en mi sofá, pensando en lo mucho que tardas en hacerte esa rayita carbón en los párpados frente al espejo frunciendo los labios concentrada mientras miras de reojo los pelos que he dejado repartidos por la pica y me atraviesas de odio el cráneo y yo sonrío imbécil desde la puerta. En estos días si te escribo pienso en lo guapa que vas a estar de vieja, dime si no estoy tan absurdo y romanticoide como creo. ¿Sabes? en estos días no me siento en ningún momento escritor y ha sido por tu culpa, amor mío, ha sido por tu culpa que estos días sienta unas ineluctables ganas locas de escribir y escriba y esté contento de lo que escriba aunque lo que escriba sea verdad y por tanto discretito tirando a malo.



lunes, 6 de mayo de 2013

de niños y cuevas


De niño me encantaban aquellos agujeros tan oscuros, esas cuevas ahondadas en las montañas más allá del parque que ululaban y seducían con voz de viento, esas sensuales grutas ignotas frente a las que uno jugaba excitado y a solas sin permiso de papá y mamá. Esas cuevas que al final de la tarde parecían preciosas soledades circulares de sombra en la mitad de un cuadriculado tumulto de luz, puertas aparentes que conducían a lo otro, conducían a lo secreto y recóndito y acaso mejor. Esas cuevas que por pura invisibilidad de su fondo son a ojos de un niño observador cuevas insondables. Un niño es muy cobarde ante un negro tan profundo y vuelve siempre a casa diciendo que mañana sí, que mañana cuando vuelva exploro. Un niño duerme esa misma noche y sueña con la cueva, con su vientre de cosmos, y a la mañana no recuerda nada de lo soñado por lo bien que ha dormido y cuando años después ya es un hombre que duerme poco piensa en aquella sombría cueva en la que nunca entró por permanecer a salvo en lo que puede verse a plena luz, justifica iluminado su propio ocaso.

Quiero decir con esto, mi vida, que soy un niño valiente. Que te amo mucho más que a este mundo aparente que puede verse a plena luz. Que a través de ti puedo ver lo profundo a pleno tacto.



martes, 23 de abril de 2013

tonto, campeón y feliz


Le había tirado un directo que habría reventado la cabeza de un quiosquero adulto o un gato gordo, uno de esos que si no matan le dejan a uno tonto, tartamudo o de memoria distraída. Pero por motivos ajenos a percepciones telepáticas pugilísticas excepcionales, el filósofo Gómez había puesto la sabiola a buen recaudo bien a la derecha de su contendiente tal vez por ver a la fémina de la primera fila de lindas antiparritas y cara de estudio mas de labios coloridos y sexuales que lo miraba afrechosa con visos de buen filote o matrimonio, y esquivando el atropello de aquel camión de bomberos de cinco dedos que venía remolcando los cien quilos de carne magra del asesino Williams, asestó de milagroso pedo un crochet siniestro y rabioso como un chumbazo ¡bam! que dirigido con una fuerza burra hacia los morros del Williams proporcional a la fuerza burra con que los morros del Williams iban hacia él dientes por fuera y echando babas color tierra y espumosas, desembocó en lo que pareció lengua de Williams hecha compota de ciruelas, confeti de incisivos y molares de Williams y la destrucción de todo hueso facial de Williams y final finalísimo de la racha imbatida de ciento cincuenta y tres  KO. y cuatro abandonos del rival de Williams. A eso se le llama en el graderío biabazo apoteósico o tener más suerte que el manco Andonga, que viene a verle la de blanco y acaba mamando poronga.

El filósofo Gómez se volvió enloquecido a la esquina con los guantes arriba todo brincos.

-Ché, Miguelón, viste, le hice explotar la boca al muy hijo de puta. Ha sido como si se me avalanzase la vida y diese la fortuna de que con la misma fuerza desbocada que a uno lo quiere engullir como Jonás al que traga ballena, le da un servidor la vuelta al drama y sale airoso más ubicado y aprendido de golpes. Ché, Miguelón, ¡ganamos, pive, ganamos, tomá estrolada! ¡Se enyetó la vida, la muy marrana!

El entrenador Mellibowsky ve muy blanco de cara que el asesino Williams se ha puesto arriba en sus dos patas algo gagá pero en plena vendetta y ya levanta la derecha como porra verduguera.

-¡¡La puta, Silvio, girate pelotudo que de esta te sodomiza el futuro o te arranca de la piojera los sueños!! ¡Que acabás en la Quinta del Ñato, gran boludo, girate!!

Y el filósofo Gómez, sin dejar de saltar guantes arriba y riendo imbécil grita:

-Dejate, Miguelón, dejate... Yo ya no enfrento, dejale que me mate, que siendo por atrás y de sorpresa, muero tonto, campeón... y feliz como perro con dos colas...



lunes, 22 de abril de 2013

la vida sabida


Volvía de enterrarla y la encontró por primera vez bajo la marquesina del doscientos que llevaba al aeropuerto. Le brillaba el pelo como una cestita de negros incendios por el solazo lírico que venía haciendo aquella noche de viernes y la cara era tan bonita, tan de actriz natural, que ni se le ocurrió mirarle escotes ni muslos, aquellos ojos tras los lentes eran como dos estrellas siderales en el escaparate de una sencilla tienda de bombones. A ella era imposible no verla ni aún estando ciego pues ya por la nariz la iba viendo uno con sólo acercarse unos metros y aún sin querer, ya uno olía las cuatro estaciones y también a cala salada y a dulce jardín y a ambas cosas juntas. Tantos nervios tenía por presentarse y no parecer todo lo imbécil que en realidad era que cuando ella le dijo que estaba embarazada, que se acostumbrara a que le dijeran papi y esas cosas cursis que don serio odiaba tanto, sonriendo amplia como un ángel de vidriera, él ni se dio cuenta ni se inmutó, sólo supo quedarse allá de pie bajo la lluvia esperándola salir de la escuela por muy tarde que fuese con expectativas de nuevo milagro porque cuando ella salía de la escuela dejaban de existir las escuelas del mundo y uno ya sólo veía edificios grises tras de su vocecita de color. Luego se abrazaban y el crío empezaba a llorar insistentemente por sentirse excluido de todo aquel amor cotidiano, así que había que ir corriendo entre risas a jugar con él a la trinidad conteniendo las lágrimas de buena pena o felicidad. A veces el niño pasaba por casa de visita muy de tanto en tanto y era raro que no apareciese justo en la mitad de uno de esos diarios actos amorosos que ella llamaba quererse y él llamaba amarse ambos dentro de un sonoro silencio y él gruñía abuelo y ella reía niña y el crío los miraba calándose los anteojos con torcido bigote como si hubiese envejecido ayer. Volvía de enterrarla y estaba tumbado en el suelo del comedor con la cabeza puesta en el balcón. Miró con ojos de animal disecado las macetas de claveles, los apartamentos clónicos, las montañas al fondo como pintadas, la intensa luz amarilla del mediodía, y allá las camisas tendidas ondeando como perfumadas banderitas blancas de Dios pero él no supo perdonar, tan sólo sentirse invento y solo y saber ya todo con certeza sin preguntarle nada a ídolos y a cosmos y morirse con ninguna vida por delante, como mueren los que todo saben.



miércoles, 16 de enero de 2013

viva los novios


La iglesia de San Rambaldo está llenita de público ese trece de octubre. Flores grandes, amplias pamelas y vestidos horteras ocultan hasta el último rincón de las banquetas. Mendelssohn ya lleva un minutito escaso haciendo volar a todo volumen su clásico atemporal y Rodrigo Aguirre espera muy pollopera en pie frente al altar mirando a los portones justo cuando Clara Linares cruza de puro blanco la entrada cogida muy fuerte y solemne del brazo de su padre. Un oh festivo arropa al órgano al unísono. Vamos de boda.

El padre Antero carraspea y se rasca los huevos. Lleva una cogorza de escándalo. Detrás el cristo de roble colgado bajo la cristalera de colores por tres clavos gordos. El niño José se lo mira acojonado vestido de monaguillo sosteniendo una bandeja de plata. No se sabe si al cristo o al padre.

Clara Linares se llega a la vera de Rodrigo Aguirre. Detrás del velo de cenefas de jacintos hay una carita que no pintan los pintores y dos ojos abiertos del color del cielo. A Rodrigo se le curvan las rodillas y traga saliva. El padre Antero se rasca los huevos y carraspea.

Se hace un silencio silencioso.

-Ejem, ejem. Nada es más dulce que el amor, nada es más valeroso, más profundo, más lleno y agradable en el Cielo o en la Tierra, porque el amor nace de Dios, viene de Dios, y es más grande que todas las cosas creadas en el mundo. (Hostia Puta, me cago en mi vida. Esto por dentro, claro.) Estamos aquí reunidos para unir en sagrado matrimon...

Se hace un silencio silencioso.

Rodrigo Aguirre mira al padre Antero. El niño José mira al padre Antero. Toño Linares mira al padre Antero. Las viejas del fondo miran al padre Antero. Tomasico mira al padre Antero. Las familias miran al padre Antero. La iglesia de San Rambaldo mira al padre Antero.

El padre Antero mira al padre Antero, concretamente bajo la sotana y saca una botellita. Glugluglú.

-Qué cojones... A la mierda el prolegómeno. (erupta) Tú. ¿Tomas a esta Mujer para ser tu esposa en la salud y en el cagarse y toda la mandanga?

-Pero hombre, padre. ¿No tendría usté primero que decir lo de...

-Calla. Calla, so profesor, que aún  te doy dos hostias. Que si la tomas, me cago en la puta que parió a Dios. Gluglugú.

Al nazareno de roble se le hincha la vena del cuello y hace ademán de arrancarse, pero la iglesia no repara en el milagro por no perderse ná.

-S.. sí. Sí la tomo pero...

-Pues ya está, cago en Ros, que sí que la tomas. Y tú...

El padre Antero mira a Clara Linares, que tiembla detrás del velo.

-T... Tú. Clara Beatriz Linares Morel, ¿tomas a este Hombre para ser tu esposo y para vivir juntos... en Sagrado Matrimonio? ¿Lo amarás, cuidarás, respetarás en enfermedad y en salud y te mantendrás... fiel a él... por el resto de... de tu vida?

Se hace un silencio silencioso.

glugluglú

Clara Linares mira a Miguel Antero desde el burladero. Miguel Antero la mira sin trincheras.

-Hostia Puta. Que si quieres, me cago en el Misterio. Que no tenemos todo el día. Glugluglú.

Clara Linares mira a Miguel Antero desde el burladero.

-Sí. Sí quiero.

Miguel Antero la mira desde el padre Antero.

-Pues... Pues... Pues...

A Rodrigo Aguirre se le encienden los ojos.

-¡Yo lo sé, yo lo sé!: ¿El novio ya puede besar a la novia?

El hostión suena como un trompetazo de Jericó y salen a volar bruscamente ocho palomas blancas que andaban cagándose en los tejados. Las viejas del fondo hacen oh y al nazareno de roble se le hincha la vena del cuello y hace ademán de arrancarse pero la iglesia no repara en el milagro pendiente como anda en no perderse ná. El niño José va pasando un trapo por los azulejos arrastrando goterones rojos mientras el Tomasico, con los calzoncillos por encima de los pantalones va gritando con la boca llena de boqueras y el colmillo solipsista: ¡le ha dao! hehe ¡le ha dao! hehe ¡le ha dao!...

El nazareno al fin se arranca dejando la cruz como un cristo y sin cristo. Se tira de cabeza al padre Antero con la cara tallada y torcida y los puños cerrados, por la llaga le van chorreando virutas pintadas.

Entonces el padre se vuelve y lo mira y en los ojos negros de Miguel Antero, muy al fondo, ve una cosa que refulge y que no enseñaban en la carpintería ni en los templos, y retrocede. Y se pone lívido. Y se apena. Y se acobarda.

Y Miguel Antero grita en la mitad del alboroto a la cara del nazareno:

-¿QUÉ? ¿QUÉ QUIERES? ¿QUÉ?

Y el nazareno dice con voz muy baja en la mitad del alboroto -Nada, Miguel. Nada.- Y se vuelve a la cruz con ruidito de mueble.

Y el padre Antero da un trago largo de la botellita glugluglú y exhorta:

-Pues amén, me cago en tus muertos, así arda tu puta madre y la blanca paloma en el infierno. Amén. Gluluglú. Hala, recoge este carnaval de los cojones y vámonos para el convite, Joselito, que hay gambas de esas gordas. Glugluglú.

Y se pone a llorar y el niño José ahora sí que se lo mira acojonado.


domingo, 6 de enero de 2013

frífrí


A veces el invierno se hace año sobre el pueblo.

Eladio Neves cubre el cuerpo de su hija despacio con el ánimo lento con que una estación cubre a la otra. Allá queda, coronando la colcha de arbolitos pelados, la cara de ojos cerrados con que finje estar dormida Noêmia. Eladio Neves, con el ánimo lento con que la vida va tornándose otra cosa, besa como cada noche la frente de su hija y esta responde abriendo los ojos despiertos bajo los dos párpados cerrados y deja volar por la habitación una sonrisa. Hace frífrí, pai, quédate un ratito. Pero Eladio Neves, con el ánimo lento con que un hombre va tornándose otra cosa, siempre ha cerrado ya la puerta antes de que Noêmia haya terminado la frase y desciende por el pasillo hacia un cuarto azaroso.

A veces los años se hacen inviernos sobre el hogar.

En la escuela, los críos dibujan perfectas mamás sobre papel cuadriculado con el ánimo alegre con que la infancia barre las tristezas y luego enumeran nombres diminutivos con que las mamás van desfilando llenas de mimos en boca de todos. Noêmia pinta soles irregulares de largos rayos torcidos en su cuaderno con su lápiz amarillo y cuando los niños la interrogan por el nombre de su mamá Noêmia responde despacio, con el ánimo lento de quien no sabe por qué hay mayores que son aún más ilusorios que un sol pintado, musitando musical que no conoció, que nunca supo, pero que mamá tuvo que ser el verano porque dicen los pajaritos que cuando mãe vivía no había nunca frífrí en los ojos de pai.

A veces los niños pintan unicornios en los libros de Naturales.


lunes, 10 de diciembre de 2012

Dolores Mejías y el fantasma de Agustín


En la pendiente de Sura hay una escuela chiquita donde los nenes del pueblo entran en tromba mordiendo manzanas y dándole a las puertas sonoramente con los muchos libros que llevan acordados bajo el brazo, geografía, música, sociales, religión, historia, así con los años van dejando largas marcas oscuras que hacen de las paredes y las entradas blancas de la escuela el lomo veteado de una cebra o el contorno tentador de un helado de estracciatella y así la escuela de San Restituto está, a base de tiempo y percusión de la cultura, preciosa y decorada aunque algo menos limpia.

Dolores Mejías dibuja estupendos mapas en el pizarrín, a los primeros críos que acceden al aula siempre y cada vez se les abren los ojos como platos delante de las cordilleras de tiza marrón y dicen qué bien dibuja la maestra y la miran con pupilas de chispa como a un solete y a Dolores Mejías le gusta verlos admirarla porque nunca tuvo hijos aunque siempre quiso.

Las mañanas van dejando a los chiquillos llenos de datos útiles y de gusto bueno de ver a la señorita como explica los ríos y los nombres de los pueblos y los descubrimientos de señores aventureros e importantes y de como a pesar de Dios una vez gigantes monstruos de colmillos dejaban largas huellas en los prados que luego, dice entre risitas, van los curas barriendo con las botas.

Luego al caer la tarde Dolores regresa por la pendiente de Sura saludando con la mano a los últimos chavales que desaparecen por la esquina del colmado pateando latas y sonriente entra en casa donde cierra la puerta tras de sí y queda con la espalda sostenida en el quicio conteniendo las lágrimas pocas antes de entrarse al salón. Y así, a las ocho, como siempre, Agustín.

Agustín es un novio que se le mató a la Dolores pilotando avionetas en Barcelona, y desde allá que viene apareciéndosele azul y trasparentado por los pasillos, cuartos y balcones.

-¿Estás, Agustín?

-Claro que estoy. Estoy fumando en el patio. Pasa, Loli, anda, que te hago repeluses de esos que te gustan. Uy, qué mohínos me traes, amor. ¿Qué te pasa?

-Jope, que estoy enfadada contigo.

-¿Por qué, vida mía? ¿Qué he hecho yo...?

-Estar muerto, jolín, eso has hecho. Hala, ya lo he dicho. Nuri la de matemáticas tiene un novio abogado, de esos que salen por la tele, y tiene un cochito rojo sin techo que es un primor. Y además se le puede tocar, y hacer arrumacos, no como tú que das frío y se te ven los tiestos y la ropa tendida por entre la tripa. Y se van de viajes al por ahí, a ver cosas lindas y la compra bombones de esos de licor que venden en los Matellanes, los de rayadura de naranja que me gustan a mí. Y además, a ver cómo le digo yo a papá lo de mi novio el fantasmón, si es que por no poder no te puede ni matar con la reglamentaria, que ya estás frito.

Entonces Agustín, como en todos los dolerse de Dolores, se acerca con la sonrisilla azul translúcida y donjuanera y hace así como que la toma por la cintura sin tomarla y ve en el reflejo de los portones de vidrio que ella ya se ríe por debajo de la nariz como si el espíritu vaporoso de la vergüenza le fuese haciendo traviesas cosquillas en el corazón suyo.

-En cuantito te mueras nos casamos, tonta. Verás que florazas rojas le van a salir a los senderos del cementerio del Pinar. La tierra se va a poner a terremotear de contenta y en el pueblo ya no se va a poder morir nadie más de pura vergüenza. ¿Pero tú no ves que a mí se me aparece la luz esa brillante cada tarde con todas esas angelonas altas y rubias y esos prados de nata y que me doy media vuelta cada vez para venirme a pasar la tarde fumando de cara a la plaza y a esperarte llegar de la escuela? Si es que eres tan bonita, Loli...

-Déjame, malo. Estoy enfadada.

-Pero eso es porque tengo razón, que bien lo sabes tú que a ti como te quiero yo ya no te van a querer. Lo que pasa es que la 'señoa' maestra se tiene que salir siempre con la suya... je. Jeje.

Y entonces ella ya no aguanta y se ríe muy niña y hace así como que lo besa fuerte sin besarlo. Y así cogidos, ella de carne de melocotón y él de purito más allá, ponen el comedor, luego el pasillo y luego el dormitorio de un bonito de morirse.


martes, 20 de noviembre de 2012

hosti puti, el amor...



El niño José mira al padre Antero con ojos de ternero. Padre, ¿qué es el amor? explíqueme qué es eso del amor, padre, que me dicen en el patio, en el aula, en la plaza, se me ríen, padre, me dicen tontaco, bobo, mendrugo, ¿qué es el amor? que yo quiero saber, padre, que yo no sé no entiendo y así dice la Manoli que nanai, que no me enseña el secretillo, hosti puti, que no me deja, ¿qué es el amor, Padre?
El nene lleva con aquel porculo constante ya media mañana de garbeo dando brincos y sorbiéndose al lado del padre Antero, que arrastra las patas por el Paseo de los Pajaritos mirando al nosequé con la botella de fino en la izquierda y un fardo de colores en la derecha.

-Anda, niño, calla ya el bujero un rato, que me estás jodiendo viva la mollera y al final te va a venir el capón. Ahora te lo explico, pero primero abre esto, coñe, que vamos a volar la cometa...

El niño José desata las cuerdas del fardo y saca a la mañana una cometa amplia de muchos colores bonitos, sierpes de seda ondulantes como cabellos rojizos y una cola de arco iris. En un santiamén la cometa ya va cortando nubes a jirones y desbandando gaviotas.

-Bueno, ahora sí que ya, padre, sí que ahora, venga, que ahora ya, ¿qué es el amor?

El padre Antero cierra la mano libre dejando el corazón salidito lo justo de los otros dedos mundanos y le endosa un capón terremotero en la cumbre de la cocorota al crío que se le discurre eléctrico desde el remolino del cogote hasta la misma desembocadura de la espalda.

-¡Au! Hosti puti, padre, que estoy estudiando...

-Pues calla la bocaza y atiende, leche. Me cago en los santos que almuerzan, ¿Qué ves allá arriba? -glugluglú-

El niño José pone ojos charlesbronson y mira la cometa hacer parábolas suaves bajo una nube gorda de nata. En la cara inferior del aparato y más bonito que un San Luis luce serigrafiado el rostro de una mujer rubia de ojos claros y perfecta sonrisa.

-Hosti puti, padre, ¿esa no es la panadera?

-Y ahora mira mejor, ¿que más ves?- glugluglú-

-¿Dónde?

Otro capón cloc mortífero que hace ecos de defunción en el paseo.

-¡Au!

-Coñe, pues en el cielo, leche, ¿qué más ves? - glugluglú-

El niño José se seca el lagrimón con la manga y otea concentradísimo a los cirros. De pronto ve a la derecha de la cometa un solazo de justicia del color del ámbar.

-Hosti puti, padre, qué bonito está el sol esta mañana... y qué naranja... y qué grande.

-glugluglú -¿Y a que en el sol ni te habías fijao, niñato?- glugluglú-



miércoles, 14 de noviembre de 2012

misericordia

Vení a dormir conmigo:
no haremos el amor, él nos hará.

Julio Cortázar


Jérôme escoge los sábados el último asiento del autobús destartalado que cada madrugada devuelve a los negros a La Salle. Allá, encogido con la sien adherida al vidrio empañado de la ventanilla, se lleva dos dedos congelados a la nariz con los ojos cerrados y espera sosegado y en paz a que vaya su alma vistiendo otra buena vez un cálido halo de coño.

***

Xiaojan escoge los sábados el último rincón de un catre deshecho de motel en Natchitoches. Allá, encogida con la sien adherida a la madera empañada de la cabecera, se lleva las pequeñas manos amarillas a la nariz con los ojos cerrados y espera sosegada y en paz a que de nuevo, en la pequeña habitación, sobrevenga repentina a través del recuerdo inmediato otra riada de sombría ternura sobre su vientre, senos y párpados.

***

Dios escoge los viernes el último recodo inhóspito del jardín del Paraíso. Allá, encogido con la sien adherida al tronco de un manzano escondido, se lleva todas las manos del mundo a la nariz y mientras espera intranquilo y dolorido a que vaya su alma vistiendo de nuevo ese interminable y espinoso halo de soledad, deja escapar entre lágrimas un nuevo acto de misericordia: con el corazón devastado, así pone su dedo al azar sobre el planeta y concibe el milagro de un imposible y cegador eclipse en el interior de un cuartucho de motel en digamos Natchitoches, Louisiana.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

ella salía de un cuarto desperezándose


La puerta del balcón mandaba morses al comedor vacío a causa de la ventolera. Qué vacías aquellas sillas del salón, la cocina, la parte de la entrada que podía divisarse desde el sofá a través de la puerta entreabierta, la televisión apagada, los tiestos, la ropa tendida... Había un reloj que segundeaba sonoro y desacompasado con el tamborileo aéreo de la terraza. Yo pensaba en todas las cosas y en ninguna con la boca llena de magdalena y los ojos llenos de sueño. Hay momentos en que el mundo se para así, de pronto, y a uno le parece que lo abandonaron. No sé, acaso nos abandonaron a todos en algún momento y el abandono comparece puntual cuando esas ventoleras en el balcón. El caso es que del cuarto salía ella desperezándose con los brazos muy arriba y tan guapísima ya de buena mañana, que uno pensaba que sólo iba a estar linda como ella a eso de las ocho bajando el bulevar cogida del brazo de uno con las luces de las tiendas pasándole por los labios como mágicos cometas pero no, resulta que también recién levantada con los pelos hechos trigo por la cara y desperezándose con los brazos muy arriba era capaz de llenarte de edén un comedor vacío, un balcón y hasta todas las putas calles de Barcelona. Cuando ella aparecía así de los cuartos yo no me sentía poeta ni abandonado, me sentía encontrado, me sentía ella. Qué sentimiento, qué buena locura... Y no había ni un jodido sitio de este tártaro de Dios que estuviera vacío. Ni siquiera aquí adentro como ahora.


jueves, 18 de octubre de 2012

el elixir de la memoria del Palacio de Gabiria


En los Guildivernos hay un gran revuelo cada vez que la carreta mágica del Profesor Rossmann llega al pueblo. Se congregan en la plaza de Corbentraz hasta cincuenta o sesenta gentes ojipláticas y anhelisueñas dando palmas y coreando vivarrósmanes como posesas.

A las doce en punto de la noche ya se oye en los adoquines del parque el tamborileo claca claca de las características ruedas y esa musiquilla de magnetofón que lleva emotivo a Haendel a las ventanas abiertas con jazmines del paseo y a las esquinas de orín dorado bajo las farolas del callejón. El Profesor Rossmann abre el teloncito de fieltro colorado y con enorme fanfarria va anunciando sus elixires de la memoria del Palacio de Gabiria, que garantizan abrazos firmes con el pretérito: hablen ustedes con su mamá fallecida y con el sobrinito que estudia en Francia y hasta con los abedules altos de la sierra del setenta y tres, de no ser, les devuelvo su dinero. Los vivarrósmanes se escuchan más allá del río, y los muchachos lanzan boinas al techo de estrellitas y luna como en una graduación.

Primero Marcial Piñero se avanza a empujones de yo primero mangurrianes hasta la carreta. Se agarra al frasquito púrpura de bohemia y muy nervioso va entonando el glugluglú entre el silencio contenido de la concurrencia. No tarda mucho en empezar a llorar como una zagala sintiendo los bracitos del Jesusito muerto acariciándole vivo la barba. Luego va el viejo Cándido Márquez, que bebe más despacio y sólo sonríe enigmático hasta el final del trago y termina como es habitual devolviendo la botellita vacía al buen Profesor y agregando un ininteligible agradecimiento en ruso. Luego Clara Linares, más tranquila y pidiendo permiso, bebe y pasea a ojos cerrados con su Laurita por el espigón, Oliverio Tilín después, que antes de beber ya va sonriendo como un mentecato, Julián insolvente y enamorado, Andrés Gutiérrez boticario, Ramón Mújika, Pepón, María, Bartolo, Julio, Sandrita, Braulio y así todos y cada uno de los guildivernienses. La fiesta termina como siempre con el correspondiente barullo en la tasca y griterío de que beba el padre Antero, que beba el padre Antero, que beba el padre Antero comandado por el hijo tonto de la Paquita y un balbuceo de fondo del padre Antero de iros todos al infierno con los ojos rojos como gladiolos y el cuerpo del revés.

Y el clásico epílogo de la retirada de la carreta del Profesor Rossmann percutiendo en los adoquines del parque y llevando Haendel a las ventanas cerradas con jazmines del paseo y a las esquinas negras del callejón, perdiéndose en la noche.

En la madrugada, ya en la mitad del campo, en las afueras, acompañado de las bestias y el silencio, el Profesor Rossmann, Enrique Pérez Murrieta para los amigos, detiene el viejo magnetofón, se desabrocha la casaca de botones de oro y deja el sombrero francés de plumas y los fajos de billetes sobre el escritorio. Se precipita en el sillón como una fruta madura, se descalza y se lleva un frasquito púrpura de elixir de la memoria del Palacio de Gabiria bajo el bigote y cierra los ojos mientras de fondo musitan ús los búhos y sesean nanas las copas de los árboles. Y llora. Llora tan largo como la noche. No por abrazarse con un bello pretérito de anárquicos cabellos y sonrisa imposible, sino por el fuerte sabor a ginebra barata de su elixir.

martes, 16 de octubre de 2012

a quien madruga le amanece más temprano


El padre Antero está medianamente sobrio en la punta del paseo. A su lado el niño José sorbe fresa de un polín.

-Mira, José, que yema naranja se ha puesto ya sobre la línea del mar. La alborada es a estas horas entre gualda y sangre como el ojo de una sierpe belicosa, niño, pero guárdate de hacer juicios de mayores, que encierra una hermosa y áurea ternura que es más propia de hombres tranquilos. Mira también ese oleaje intermitente que siembra de un aleteo de pájaros de nieve la carne rosada de las orillas, y las cuatro grandes nubes que ya van tomando consistencia y dibujo de nuestro mapa, como si la ciudad con el resto de ciudades fuera ya reflejándose en los cerúleos tejados del océano con la perfección sencilla de los pueblos. Mira, José, déjate la golosina del demonio, el amanecer está en su punto más amanecido y las gaviotas están mudas y también los pescadores y los vientos y el espigón y el arrecife y el faro de San Bertrandino, escucha ese silencio, es la voz de Dios que dice ternura y dice mundo, José. El amanecer habla, niño, con voces animales. Y no sólo habla, como hacemos en la parroquia y en la tasca y en los cuartos, el amanecer también dice. También dice.

El padre Antero abre el botellín de fino La Ina y se lo baja de un viaje. El sol ya pega muy de púgil en los rostros. El niño José sorbe fresa última ruidoso del polín y luego abre la boca.

-¿Y si a uno le amanece aquí adentro, padre?- Se pone José un dedito de fresa marcando el costillar manchando de rojo la camisa blanca como un balazo.

El padre Antero lo mira largamente con ojos de buey de tiro, luego abre otro botellín de fino del gabán negro y da un trago corto que sabe a agua clara de la fuente de la plaza de Corbentraz, tiene dieciséis años y Clara Linares huele a espliego y lleva en los cabellos una cinta naranja color amanecer que dice oro y que a Miguelito Antero Bueno le parece el sol.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Dios Tiranosaurio y Margarita Buber



Margarita Buber se había licenciado en Paleontología muy Cum Laude y a distancia hacía escasos tres días y ya concluía en magistral hallazgo el miércoles de la misma semana: Dios era necesariamente e inequívocamente un Tyrannosaurus Rex.

Primero se vió asaltada por siete u ocho eurekas de los de sentirse importante y de Nobel ipso facto, todo brincos por el estudio y grititos como de ardilla, pero al momento se le puso el miedo en el cuerpo y empezó a mirar sudando por las ventanas a las nubes muy quieta y muy temerosa y muy preocupada adivinando heterodoncias asesinas en los cúmulos y en los rayos de sol.

Táctica y estratégica, Margarita Buber empezó a partir del jueves a quedarse paradita, estática, hierática y estatuaria en el mismísimo segundo en el que dieran las doce vigilando muy mucho de que el Señor no la viera y se la zampara de un solitario y carnívoro mordisco. Sólo Margarita Buber sabrá por qué a las doce y no, por ejemplo, a las tres, que también había dinosaurios a esas horas y hasta Dios, pero el caso es que ya estuviera en la cola de la perfumería, planchando blusas, escribiendo un ensayo, impartiendo clases, lavándose el núcleo o esperando en el parque a Julián insolvente y enamorado, daban las doce en los relojes y pam, ahí tienen ustedes a Margarita Buber más tiesa que un Rodin.

Y ya fuese por azar o por Gracia sucediose un catorce de febrero que le dieron las doce-cero-cero mientras cruzaba desnortada y colorada la avenida General Johnson a decirle por fín que sí al Julián. Miró el relojito de colores, las doce en punto, se puso a hacer el maniquí en mitad de la carretera con el reojo bonito en Dios Rex, y una ambulancia que venía sobrevolando el alquitrán echando luces a salvar algún transeúnte a medio infarto le partió el cúbito, el húmero, el fémur, el cóccix, las rótulas, el maléolo interno y el externo, el temporal, el parietal y hasta el mismo agujero del culo mandándola en siete volteretas a parar a tres calles vista.


Y Dios la vió. Y se la comió. No se sabe si por moverse o por quedarse quieta.

jueves, 4 de octubre de 2012

la sonrisa de Laura


Después de morir Laura estuve ocupada en ser nadie, Paqui, hasta siete meses. Estuve echada en el sillón tapizado, ya sabes, el de los cafés, viendo sin mirar la tele. Fueron tiempos muy malos en los que no me dolía nada, no sabes tú lo que es que no le duela a una nada. Es peor que morirse... A Laurita cuando le dolía lo más todavía sacaba alguna risa de vete a saber dónde y aún decía mami no pongas caras que aún me pondré peor y luego me ajustaba bien la bata por arriba que sabes siempre se me da la vuelta y yo ni lo advierto del despiste que llevo. A ti te parece, Paqui, que eso es duro y que lo he pasado mal remal pero yo no estaba por nada, hija, se me juntaban los días a puro mirarla pensando "hoy está un poquito mejor" y a veces hasta podíamos salir un rato a mirar los barcos desde el paseo de los Pajaritos y a la hora estábamos las dos como si nada estuviera mal y aún fuese a llegar mi Jaime del taller con una buena bolsa de churros como cada domingo, ¿te acuerdas?. Pobre Laurita, si la vieses el día del aniversario de Jaime, nena, me miró nada más levantarse de la cama arrastrando el suero con una cara de mujerona que espantaba a sus catorce, con aquella sonrisa de sol suya, y me dijo no vayas a estar triste hoy, mami, que hoy es el día de papá y si nos está viendo desde allá arriba se le va a girar el carácter, que ya sabes como era, anda ponte la falda colorada y la blusa esa tan bonita de rayas que le vamos a comprar un buen ramo después de desayunar. Y nos fuímos las dos la mar de contentas a verlo al Pinar. Ya ves, nena, dos semanas después la estábamos enterrando allá mismo en el Pinar al ladico de su papa a la pobretica mía. Toma un pañuelo anda, date aquí. No, no, eso, ahí mismo. Ya está, tonta. Y luego los siete meses esos de ser nada. Una pena. Ahí fue cuando me dió por pintar. Primero fueron cuadros de botijos y manzanas como los de los fascículos del cursillo pero me aburrí enseguida porque aquello era como dibujar el vacío, ni fú ni fá, así que un día me dió por dibujarla a ella con su palico del suero mirándome riendo, y luego ya muy sana corriendo por la orilla en los días de almuerzo con la familia de Jaime, y luego en el colegio, y en la universidad, y casada muy guapa de blanco con un buen mozo. ¿qué cosas, verdad? Así la veía crecer a mi niña del alma. Y así tengo la casa de cuadros, hermanita. Te cuento esto porque vino el mes pasado un hombre a llamar a la puerta de casa el día aquel del chaparrón, ¿te acuerdas?, cuando cayó una buena, que tú estabas con mamá en la residencia... Pues abrí y lo ví al pobre hasta las cejas de agua y lo hice pasar y le preparé un café. Sí, ya sé, ya sé, que hay mucho loco, que vaya con ojo, pero mira, nena, es que está una tan sola que... ya sé, ya sé, no me des la vara, que tienes razón, pero calla que te cuento. Que el hombre vendía unos libricos de cocina de esos de Planeta para hacer platos raros chinos y esas zarandajas y a lo primero le dije que no, que gracias, pero mira tú que me lo miro y el hombre estaba llorando como una cría. Pensé que era mojado de la lluvia, ya sabes, que iba empapado el pobre de punta a punta, pero no, que estaba el angelico a lágrima viva. Y me fijo que está mirando un cuadro de Laurita, el del comedor, en el que está con el disfraz de princesa de séptimo y su sonrisa de sol. Uy, que impresión, nena. Me dice que tenía una niña de unos quince que se mató el año pasado en colonias bajando un río, y que mi Laura es igual igual. Pobre hombre, lo tenías que haber visto. Estuvimos abrazados un rato largo, a mí se me puso la piel de gallina, Paqui, desde Jaime que no tocaba a un hombre de esa forma. Fue muy bonito, hija. Pobre señor, de verdad. Le regalé el cuadro y se puso muy contento y también le compré todos los libros esos que llevaba. Anda, calla, que no eran muy caros, Paqui, y además a mí los libros ni fú, si fue por Carlos. (Se llama Carlos) Dos meses dijo que se traía ya sin ingresar ni un duro, el bendito. Nos dimos los teléfonos y quedamos en vernos algún día a dar un paseo y charlar. También es viudo, nena, no me mires así.

Yo después me puse mejor, la semana esa estuve ordenando el piso. Sí, sí, ya sé. Ya tocaba. Anda, tonta, no te me emociones ahora. Y el sábado me fui a la peluquería y luego al rastro a comprarme una camisa bonita de esas que vende el señor Florencio. Y pasando por los puestos de los "jipis" me veo el cuadro de la Laurita colgando con los pósters de cine y las camisetas del argentino ese de la guerra. Veinte euros, nena. Veinte euros valía el cuadro de la Laurita. Pues me lo compré. Y... no, no, nena. Sí no me dolió, no creas. Me fui andando un rato sin saber muy bien a dónde con el cuadro bajo el brazo y me llegué al paseo de los Pajaritos a ver los barcos. Sin que me doliera nada. No sabes tú lo que es que no le duela a una nada...

martes, 2 de octubre de 2012

Génesis 1.4

Y vió Dios que la luz era buena: y apartó Dios la luz de las tinieblas.


-Joder, padre, cómo venimos hoy...

-Anda, Ramón, no me toques lo que no suena y ponme un vino.

Ramón abre la botella marrón de debajo de la barra y llena un vaso grande. El párroco se lo baja de un trago y da dos golpes secos con el culo del vidrio en el mostrador.

-Hala, otro.

Y así sucesivamente.

En la mesa redonda del dominó los paletas escuchan con mucho cachondeo a Paquito el de la Josefa.

-Ya os digo. Estaba la mar hoy de aúpa. Un brillico como de chispa por toa' la superficie. Pa' verlo. Venían como tres barcas desde el fondo, supongo que las de Galán o las de la Quinta Rubianes, a saber, con mil colores en las faldas a puro reflejo de oro en las espumas, el cuadro era pa' ponerse a pintar, si lo ve Marcial Piñero se parte en dos por andar de baja justo hoy, con lo que le va a ese lo del pincel. Y a las ocho como de costumbre las niñas de la téxtil con el bocadillo echando unas charlas y venga a tocarse el pelo. Hay que ver a la nena del afilaor', como se ha puesto, me cago en San Botón... Acordaos de que hace na' era un esqueletillo revoltoso... sí, sí. La Sarita, pos vaya dos tiestos, la Sarita, señoa' Sara es ya, y unas curvas de chóped por los flancos que ni la "Lolobrígida" esa. Y mira, to' ese sol y las nenas en corro con esos pelos largos al tuntún riendo como angelicos. Joer', chavales, se me iban a saltar las lágrimas. El Rafael ha escrito un poemilla de esos suyos que le hemos acabao' aplaudiendo... Con unas palabras, joer', cómo escribe el condenao' del Rafael... Llorando estaba el blando de Cascales. Si es que vaya cuadro, de verdá', qué luz, que colores, qué niñas, Hostia Puta. Si es que Dios cuando se puso se puso... Seis días dice que se tiró el Jefe el padre Antero, seis días, tú... Nosotros llevamos dos meses con el chaletito del maricón éste y cómo está quedando... jajaja

Y se ponen todos a reír escupiendo migas.

-¿Usté qué dice, padre?, ¿lo hizo bien Dios o no?

El padre Antero sigue de espaldas bebiendo sangre de Cristo a cubos en un ángulo de unos sesenta grados.

Paquito se pone en pie haciendo ruido con la silla y lo trinca del codo.

-Eo, padre, que digo que si lo hizo bien Dios o qué...

El padre Antero se gira de a poco con los ojos inflados, dos tomates con dos puñaladas, un largo hilillo de baba rosa desde el vaso a la boca.

-¿Pero tú has visto las flores del cementerio del Pinar como crecen de gordas y coloradas, hijo puta? Dios lo tiene todo estudiadísimo. Y ahora tira a tomar por culo, que estoy en mi rato libre.