lunes, 15 de julio de 2013

en estos días, por tu culpa


Mira, si voy a escribirte es complicado sino bochornoso en estos días tomar una hermosa metáfora y moverla como una banderita de colores en mi ventana gris para que se vea desde la calle abarrotada de grises. Si de pronto me diese por ejemplo por invocar en estos días a las ninfas que excitan, a las sombras que dan miedo, a los interiores del cuerpo secretos... qué rápido me aburriría de mí mismo, qué rapido me pondría sentado una palma en la sien y miraría a la pared izquierda del monitor así como ahora, terrible aunque secretamente avergonzado de mí mismo... Eso has conseguido en estos días, que te escriba y al escribirte te piense no enarbolando un estandarte de besos castos en la mitad de un jaleado sexo popular (imagina) ni adentrándoteme en el pecho en dadivosa ósmosis de buenos llantos (en fin...), no como el perenne abedul de hojas de luz de mi lóbrega loma calcinada (hostia puta), no como otra más, Dios se haga el loco con mi alma, amor, no como otra más... Has conseguido en estos días que escriba pensando en las pecas de tu espalda muy cuadriculada por el enrejado verde del balcón a bonitas celditas amarillas donde jugar al cien en raya con los labios, pensando en que abres una lata de calamares y te embadurnas el índice de tomate y yo ya sé qué me apetece comer antes de ese arroz tan rico y posterior, pensando en la boca abierta de tu siesta por donde asoman dos paletas blancas que no son como perlas ni mármoles exóticos de un oriental palacio, qué va, sino como las dos paletas más bonitas que haya visto yo jamás (e incluyo películas mil de tipas imposibles y neumáticas abriendo boca), pensando en lo bien que hueles después y antes de las duchas, pensando en lo bien que hueles durante y después de haber dormido a pierna suelta en mi sofá, pensando en lo mucho que tardas en hacerte esa rayita carbón en los párpados frente al espejo frunciendo los labios concentrada mientras miras de reojo los pelos que he dejado repartidos por la pica y me atraviesas de odio el cráneo y yo sonrío imbécil desde la puerta. En estos días si te escribo pienso en lo guapa que vas a estar de vieja, dime si no estoy tan absurdo y romanticoide como creo. ¿Sabes? en estos días no me siento en ningún momento escritor y ha sido por tu culpa, amor mío, ha sido por tu culpa que estos días sienta unas ineluctables ganas locas de escribir y escriba y esté contento de lo que escriba aunque lo que escriba sea verdad y por tanto discretito tirando a malo.



jueves, 11 de julio de 2013

silencios de oceánida


hablotantoaveces
soyestemuchachobullicioso

pero

atrás de este muchacho bullicioso,
de esta ensordecedora dulzura,
de este estruendo de sus besos,
aún existe un hombre, amor,
un hombre silencioso
que en silencio ha aprendido
tus silencios de oceánida.

estemuchachotequiere tanto, se duele a gritos su vida.

calla tanto el mundo, amor,
cuando me abrazas,
se quiebra el aullido
en este pozo de mi adentro,
fragor del zulo sin fondo
adonde florece una hiedra de uñas
que bebe hondos ecos de quebranto
rendida a una ufana luz de quietud.

tu luz, ese tumor blanco en el bruno seno de la muerte.

yace el amor nuestro sumergido
en un pelágico sosiego de certeza
entelado de sonoros limos de ternura,
es una muda Excalibur de agua vera
casi imposible de blandir
en mitad de esa algazara de buen cieno,
agua que se pierde en mitad de otras aguas,
mas tu mano tercera, la certera,
la nuestra, la mía,
la nuestra mano ha de mojarse,
ha de tomarla a ojos cerrados,
será blandido el mutismo de la ola
para someter al estallido del espigón,
reinaremos sencilla y calladamente,
reinaremos sobre todo, amor,
sobre nosotros,
silenciosamente sobre todo.

estemuchachonotienenadaque decir, sólo quiere escucharte,
atarse hombre a los mástiles de ti y aprender silencios de oceánida.


martes, 9 de julio de 2013

dile a ese miedo tuyo


Dile a ese miedo tuyo,
ese miasma de valentías que te ahoga,
que se aterre,
que se le acaba el tiempo a duros golpes
de esperar a mí que a ti te llegue
portador de minutos de ti acuchillados por mí
que se desangran
extendidos a ras de suelo del dormitorio
sin poder divisarse desde la alta cama.
Dile a ese miedo tuyo,
ese vestidito bordado de escondidos desnudos que te viste,
que no es el miedo tuyo, que es un miedo de otros
que te trepa sin permiso
y respira fuerte a tu oreja y te soba,
dile que a ti te violenta, que te jode,
que no te excita secretamente ni reconforta
ni masturba en privado ni duermes
ni piensas en él así a ojos cerrados cuando nadie mira
ni dices ojalá que fuera miedo mío
este miedo tan horrible que es de otros,
que no, dile que no, mi niña amor que callas tan bonito,
que no dile aún si no hablas,
dile a ese miedo tuyo,
ese jarabe de cicuta que hace el avioncito bueno hacia tu boca,
que vuelva a la confortable seguridad de su origen,
que se aterre,
que se le acaba el tiempo a duros golpes,
a palizas de esperar a mí que a ti te llegue
portador de minutos de ti acuchillados por mí
que se desangran
extendidos a ras suelo del dormitorio
sin poder divisarse desde la alta cama.
Y así, subidos sobre el lecho alejando los pies de muertes
que de fulgente tiempo sangran,
así clavemos como un reloj de sol nuestros cuerpos
como limpias astas sin bandera de una sombría patria.


miércoles, 3 de julio de 2013

busca el hombre de hojalata en Oz y encuentra el pechito de Dorothy en Kansas

Se intuye el viento en las ropas horizontales.
Nuria D. Valero


Él era un tipo deforme, arrastraba como una fea escoba la siniestra a lo largo del parque dejando tras de sí un horrible surco profundo e irregular en la tierra llana y los críos que jugaban al sol con la cometa tornábanse al verlo sombríos y las parejas abrazadas en los bancos tornábanse al verlo esquivas. Era un edificio que llevaba viniéndose abajo toda una vida sin terminar de caer, daba vértigo verlo, daba mareo, descomponía, dábale a todo sombra, una sombra que crecía. Los ojos tan adentro que veía el mundo a través de un túnel, miraba raro, miraba insostenible, miraba que hería. La ropa vieja, la ropa anciana, la ropa de otro tiempo que nunca pasó, la ropa daba asco, la ropa no la vestía nadie normal, la ropa que vestía. Pero adentro era Ulises, Prometeo y Alejandro, adentro había constelaciones, crónicas, satélites y jardines extensos e inabarcables como el oxígeno. Adentro venía guardando todo lo pasado afuera, las parejas diarias en los bancos a la sombra de los árboles, los estudiados besos, esos que muerden un poco, esos que sólo transcurren de un labio a otro, esos que chocan, esos que rozan, esos que electrifican, esos que se dan a nadie a ojos cerrados a diario en los bancos a la sombra de los árboles desde que hay bancos y hay bocas y hay árboles. Y si tenía que hablar, si alguien alguna vez le  había preguntado que qué, que cuándo, que si hubiera querido alguna vez, algún día, algún instante... no respondía, miraba raro, miraba insostenible, miraba que hería a través del túnel, daba vértigo, daba mareo, descomponía. Pero adentro era Ulises, Prometeo y Alejandro. Adentro era una de esas fecundas islas del mapa preñadas de doblones en sus grutas, esas de frutas desconocidas y jugosas mecidas en su rama por la brisa del mar, esas de playas primeras y remotas y mejores que el agua, esas que en ningún caso nunca nadie jamás bajo ninguna circunstancia pisó antes.

Ella, la otra parte afuera de esta historia, era el adentro.