lunes, 13 de abril de 2015

como un niño


Acaso este sentimiento infantil es semejante
al que lleva al gato a arañar la puerta en bucle sabiendo que no abre,
mas la puerta abre, amor, sabes que abre,
qué lindo que abran las puertas y más que abran no porque arañe el gato,
y que sea ese ovillo tan ocioso y tan de ternura
y tan poco que ver con las pérdidas de tiempo.

Fíjate que recorto el discurso en rallitas parecidas
porque sé que te enloquece la poesía,
lástima en lo digital, que fastidia las manualidades,
mas si vos lo imprimís te lo doblo acá y allá y te hago una flor,
o el origami de un unicornio o una cunita espaciosa...

...y luego está ¿porqué cruzó la calle la gallina?,
que era todavía más sencillo que el trámite de andarse al otro lado,
¿qué otro lado, amor?, ¿podés creer qué tontería?...
ahora que me rasco me doy cuenta, simple de mí,
mirá qué fácil:
que el gallina cruzó la calle para estar contigo.

lunes, 9 de febrero de 2015

del frío y del calor


Dolores Mejías había terminado de componer la mesa para la comida, miraba complacida todos los cubiertos lucir como galvanizados destellos dispuestos en perfectas hileras, la gran olla blanca del consomé, la barra de pan ya hecha generosas hogazas en el cesto de mimbre decorado de flores de lís y la ya famosa y oval bandeja de cocido de los Mejías como una cima inalcanzable de viandas, todo sobre el níveo e inmaculado mantel de la abuela reservado para los domingos. Aunque la lumbre hacía del comedor un confortable y cálido caleidoscopio donde los aburridos bodegones que colgaban de las paredes transmutábanse en hermosas naturalezas carmesís, Dolores no pudo evitar sentir un gélido y súbito sobrecogimiento. Dejó las servilletas bordadas sobre la mesa y se acercó a los ventanales emborronados a causa del vaho, deslizó tres dedos cuidadosamente a lo largo del cristal siguiendo una perfecta paralera al marco y se asomó a la transparencia resultante.

En el invernadero del jardín, agazapado frente a las amapolas estaba el cerúleo fantasma de Agustín trasteando en los matojos. Había dejado la característica estela helada a lo largo de todo el césped desde la vallita blanca hasta la puerta del mismo invernadero, allá donde Dolores plantaba sus amapolas y sus azaleas en un clima más propicio. Cuando se apartó, guiñando el ojo, los ramilletes rojos encontrábanse completamente congelados a pesar del calor revelando el espejismo de un puñado de rubíes a los que un dios goloso hubiese espolvoreado de azúcar glas. Dolores frunció el ceño, chasqueó los labios y se apresuró a tomar el abrigo. -Salgo un momento, Padre, ¡vuelvo en nada!... El señor Mejías dejó de cortar jamón y la miró sobre los anteojos torciendo el bigote. -Pero dónde vas ahora, alma de cántaro, que fuera hace un frío negro, Loli. Y además tu madre y tu hermana ya vienen con los platos, que vamos a empezar, por D... Ni acabar pudo, que el portazo fue inminente, sonoro y final.

Afuera el invierno pegaba duro y ya podía otearse alguna que otra bolita de nieve planeando las copas. Dolores siguió la estela congelada en el verde hasta la puerta del invernadero y entró echando humos empíricos y simbólicos por la boca. -¿Dónde estás, gaznápiro?, que te fulmino... ¡Ay, madre mía, que me has echado a perder las flores, ay, madre mía!... En el interior no había ya rastro de Agustín, probablemente esfumado al mas allá de más acá, concretamente detrás de la puerta aguantándose la incorpórea sonrisa. Dolores se acercó a las flores con un obvio mosqueo aún sin poder evitar apreciar lo bonitos que se habían puesto aquellos pétalos de puro hielo entre el bochorno local. Tomó uno de ellos entre los dedos y lo vió fundirse presto mientras las gotas se deslizaban desde el índice a la muñeca. Como en un impulso inevitable se echó el dedo a la boca. A pesar de la tenue salinidad de aquel rocío, pudo reconocer sin ninguna duda en la lengua y en el cielo del pecho lo que el hielo de aquellas flores tan celosamente y en exclusividad había estado guareciendo.

El señor Mejías entró como una exhalación en la estancia. Venía tiritando y con los bigotes de punta.

-Pero bueno, ¿vienes o qué, niña? Se está echando eso a perder, caramba. Ya están todos sentados. ¿No decías que te morías de hambre?

Dolores se volvió con las mejillas coloradas. Cualquiera se habría dado cuenta enseguida de que había estado llorando.


-Ya se me ha pasado un poco el hambre, Padre, no sufra. Y también la sed. Ahora estoy mejor.




miércoles, 21 de enero de 2015

como todos y como nadie


eres minúscula vista así en el bulevar desde mi posición estrátegica
en Madrid o en el tiempo, ya sea tras la parada del autobús o tras estos años,
y aún esperas los autos pasar como cualquier anodino transeúnte, ensimismada,
las dos orejitas cubiertas por auriculares y estridencias, y también cruzas en verde,
y también aguardas desenfrenada frente a los minutos en rojo,
como todos.

mas tomada en una habitación azarosa de la casa, sin el atrezzo de la maqueta mundial,
prendada de alguna nota de fa y de sol o agarradita del brazo de Federico Dostoyefsqui,
atisbando sobre la manta alguna pacífica hora del reloj
                   que poder disfrazar de tiempo bélico armada de Lucky marrón o Coca-Cola,
mi lindo asperger, abogada de oficio de las flores y de las alondras,
contagio de stendhales, dadivosa y némesis heróica de samaritanos cristos prorromanos,
estás bonita e imposible, linda, más aún, eres buena y Lola
como nadie.


lunes, 19 de enero de 2015

una cuerda arrojada a un pozo


mira que así tomé tu mano un día,
como la cuerda arrojada a un pozo,
como la quebradiza rama que asoma
del linde del río crecido y desbordado
que arrastra a los que tragan agua,
como el bolígrafo que garabatea
otro nuevo papelito del euromillón,
así tomé tu mano sin saber
que también tu mano tomaba la mía
como la cuerda arrojada a un pozo
y tal y cual.

entonces no podía saber
que tomaría así tu mano un día,
-hoy sabes que no puedo, amor, caramba,
y cómo me fastidia...-
no podía saber, digo,
que tomaría así tu mano un día
como sosteniendo el cosmos
y diciendo mira lo que me he encontrado,
yo que nunca me encuentro nada
y al bolsillo y para mí.

y es tan lindo que ya no agarro cuerdas ni en los pozos,
palabrita del niño Jesús.