martes, 22 de enero de 2013

una casa


En la casa soy un hombre desnudo,
en la acera de la casa soy ropa desierta
cuando un aire sin palabra silba entre los parques,
los tanatorios, los orfanatos, los invernaderos,
los altos bloques de oficinas, las residencias,
senderos silvestres marcados con flechas de tiza
y vuelo y galopo ausente sobre la ventisca
como envoltorios, retales de viejos periódicos
que hacen historia en la mitad del ciclón.

Tú eres en la casa tú y estás desnuda
y tu cuerpo cálido es igual que mantas del gulag
y tu ausencia es igual que tu presencia
que es igual que un cuerpo cálido.
En la acera de la casa eres en el mundo
la imperiosa necesidad de abandonar el mundo,
desertar de la ropa, entrar en la casa.

En la casa soy un hombre desnudo
que huye de este frío intruso de las rendijas,
esta nieve invisible, esta silente escarcha
vistiéndose de ti, de tu inmarcesible candor
como visten los mendigos de Park Avenue
su disfraz rojo de Santa Claus
para sobrevivir al oscuro secreto
de la Navidad neoyorquina.

Ven, abrígame la piel como si adentro de mi piel
estuvieran nuestros sueños despertando a la vida
mientras sueñan con la inmortalidad cogidos de las manos.

Mira conmigo esa nevada de atrás de los cristales,
cómo hace en las ventanas pizarras de nuestro aliento
en las que dibujar con el dedo corazón pueriles anhelos,
corazones eternos de vaho.

Hay que hacer, levantar esa casa, compañera,
hay que darse en los dedos con el martillo,
amoratarse los brazos a golpes,
desperdiciar las mejores prendas a esputos de pintura,
torcer la espalda, dar por perdida la piel de las rodillas,
pero hay que hacer, levantar esa casa, compañera,
amiga, pareja, novia, viuda, esposa mía.

Hay que hacer, levantar esa casa,
cansarse y cansarse, reventar de agotamiento
y caer postrados hay que hacer, levantar esa casa.
Postrada demándote postrado que te canses conmigo.
Amor, ¿Quieres cansarte conmigo?

viernes, 18 de enero de 2013

desvivirse


La muerte no se ocurre, no se aparece vestida de noche ni acontece
ni surge ni desciende ni tiene ojos amarillos de gata ni musita verdades
ni huele a perfumes franceses ni a pimienta ni a fracaso ni a motel
ni abre las piernas sacando la lengua brillante con un dedo en el culo
descalza sin quitarse las botitas de tacón.

La muerte no, pero sí. Y a cada momento, sin nombres.

¿No viste que a ti la muerte ya te murió tantas veces?
¿Acaso no se te murió ya un amor de muerte alguna vez diariamente
como bello y frágil pez dorado que relampaguea bajo el agua limpia
y que al quebrarse la gloria de su pecera queda dando saltitos patéticos
buscando oxígeno en las olas de la alfombra del salón?

Eso es una minúscula muerte que no es muerte y también es la muerte gigante de todo.

¿Acaso no te mueres, amor, cuando lloras?
Dime si no mueres cuando lloras o es que vives más de lo que puedes
y soy yo el que se muere o no puede vivir lo que quiere si te ve llorar.

La muerte no es la muerte, es un nombre tan sólo,
otra palabra difusa con que hacer rimar otro petulante verso de la vida.
No ocurre, no está llegando, no es los esqueletos de tu armario,
no aparece cortando con su guadaña tu nombre y las flores lindas del balcón.

La muerte no es la muerte, es un nombre tan sólo
para decir este daño de verte llorar y no existir yo lo suficiente
para arrancarte las lágrimas del rostro y hacerte pueriles origamis de felicidad.

De niño me enseñaron que morir es no vivir y eso crecí pensando.
Hoy sé que morir es lo que llevo haciendo tanto tiempo y a diario,
porque morir no era no vivir, amor, era vivir no estando contigo.


jueves, 17 de enero de 2013

muerte de Hilario Pena


De la mansión de Hilario el suicida sale un camino angosto bordeado de amapolas que a la noche se pone blanco de tanta luna en sus piedras pequeñas feliperas y aún más carmesí en el jardín de sus veredas. Por él marcha a las doce Hilario Pena el suicida camisa de lunares pajarita negra cárdigan zapatitos de charol pistola treinta y ocho nacarada de dos iniciales dos con suicidio escrito en el mohíno y un corazón vacío lleno de pena.

Ay, Hilario Pena el suicida qué penita de ti qué pena, cantan los gitanos malos a Hilario Pena.

Al final del camino se llega al viejo almendro que a la noche deja caer de blancos y estrellados pétalos su llantina  sideral como el invierno privado que un niño agita en una burbujita de cristal. Y allá se postra arrodillado Hilario Pena dejando hechas un ídem de las perneras del pantalón las rodilleras. Talla Faustine querida mi alma se trunca en el tronco usando la navajita de pelar melocotones y declina ay nevermor, ay mísero de mí ay infelice segismúndico y alanpoético a borbotones.Y dice uno o dos o diez teamos sin ruidito muy de labial mímica como una muda de Charles Charlot y se pone en las frías sienes a rojo vivo su cañón.

Ay, Hilario Pena el suicida qué penita de ti qué pena, cantan los gitanos malos a Hilario Pena.

De colofón hace púm también con la boquita mientras pulsa el gatillo y hace flush con su pistola de agua y un chorrete requetefantástico y fino le pone los ojillos a echar lágrimas gordas como las luces de un farol hasta la pajarita camisa de lunares cárdigan y zapatitos de charol. Y así cada diario apesadumbrarse bajo la luna púm de agüita y epifonema, porque Hilario el suicida más que ser suicida es poeta de gran flema.

Ay, Hilario Pena, poeta de gran flema, qué penita de ti qué pena, cantan los gitanos malos a Hilario Pena.



miércoles, 16 de enero de 2013

viva los novios


La iglesia de San Rambaldo está llenita de público ese trece de octubre. Flores grandes, amplias pamelas y vestidos horteras ocultan hasta el último rincón de las banquetas. Mendelssohn ya lleva un minutito escaso haciendo volar a todo volumen su clásico atemporal y Rodrigo Aguirre espera muy pollopera en pie frente al altar mirando a los portones justo cuando Clara Linares cruza de puro blanco la entrada cogida muy fuerte y solemne del brazo de su padre. Un oh festivo arropa al órgano al unísono. Vamos de boda.

El padre Antero carraspea y se rasca los huevos. Lleva una cogorza de escándalo. Detrás el cristo de roble colgado bajo la cristalera de colores por tres clavos gordos. El niño José se lo mira acojonado vestido de monaguillo sosteniendo una bandeja de plata. No se sabe si al cristo o al padre.

Clara Linares se llega a la vera de Rodrigo Aguirre. Detrás del velo de cenefas de jacintos hay una carita que no pintan los pintores y dos ojos abiertos del color del cielo. A Rodrigo se le curvan las rodillas y traga saliva. El padre Antero se rasca los huevos y carraspea.

Se hace un silencio silencioso.

-Ejem, ejem. Nada es más dulce que el amor, nada es más valeroso, más profundo, más lleno y agradable en el Cielo o en la Tierra, porque el amor nace de Dios, viene de Dios, y es más grande que todas las cosas creadas en el mundo. (Hostia Puta, me cago en mi vida. Esto por dentro, claro.) Estamos aquí reunidos para unir en sagrado matrimon...

Se hace un silencio silencioso.

Rodrigo Aguirre mira al padre Antero. El niño José mira al padre Antero. Toño Linares mira al padre Antero. Las viejas del fondo miran al padre Antero. Tomasico mira al padre Antero. Las familias miran al padre Antero. La iglesia de San Rambaldo mira al padre Antero.

El padre Antero mira al padre Antero, concretamente bajo la sotana y saca una botellita. Glugluglú.

-Qué cojones... A la mierda el prolegómeno. (erupta) Tú. ¿Tomas a esta Mujer para ser tu esposa en la salud y en el cagarse y toda la mandanga?

-Pero hombre, padre. ¿No tendría usté primero que decir lo de...

-Calla. Calla, so profesor, que aún  te doy dos hostias. Que si la tomas, me cago en la puta que parió a Dios. Gluglugú.

Al nazareno de roble se le hincha la vena del cuello y hace ademán de arrancarse, pero la iglesia no repara en el milagro por no perderse ná.

-S.. sí. Sí la tomo pero...

-Pues ya está, cago en Ros, que sí que la tomas. Y tú...

El padre Antero mira a Clara Linares, que tiembla detrás del velo.

-T... Tú. Clara Beatriz Linares Morel, ¿tomas a este Hombre para ser tu esposo y para vivir juntos... en Sagrado Matrimonio? ¿Lo amarás, cuidarás, respetarás en enfermedad y en salud y te mantendrás... fiel a él... por el resto de... de tu vida?

Se hace un silencio silencioso.

glugluglú

Clara Linares mira a Miguel Antero desde el burladero. Miguel Antero la mira sin trincheras.

-Hostia Puta. Que si quieres, me cago en el Misterio. Que no tenemos todo el día. Glugluglú.

Clara Linares mira a Miguel Antero desde el burladero.

-Sí. Sí quiero.

Miguel Antero la mira desde el padre Antero.

-Pues... Pues... Pues...

A Rodrigo Aguirre se le encienden los ojos.

-¡Yo lo sé, yo lo sé!: ¿El novio ya puede besar a la novia?

El hostión suena como un trompetazo de Jericó y salen a volar bruscamente ocho palomas blancas que andaban cagándose en los tejados. Las viejas del fondo hacen oh y al nazareno de roble se le hincha la vena del cuello y hace ademán de arrancarse pero la iglesia no repara en el milagro pendiente como anda en no perderse ná. El niño José va pasando un trapo por los azulejos arrastrando goterones rojos mientras el Tomasico, con los calzoncillos por encima de los pantalones va gritando con la boca llena de boqueras y el colmillo solipsista: ¡le ha dao! hehe ¡le ha dao! hehe ¡le ha dao!...

El nazareno al fin se arranca dejando la cruz como un cristo y sin cristo. Se tira de cabeza al padre Antero con la cara tallada y torcida y los puños cerrados, por la llaga le van chorreando virutas pintadas.

Entonces el padre se vuelve y lo mira y en los ojos negros de Miguel Antero, muy al fondo, ve una cosa que refulge y que no enseñaban en la carpintería ni en los templos, y retrocede. Y se pone lívido. Y se apena. Y se acobarda.

Y Miguel Antero grita en la mitad del alboroto a la cara del nazareno:

-¿QUÉ? ¿QUÉ QUIERES? ¿QUÉ?

Y el nazareno dice con voz muy baja en la mitad del alboroto -Nada, Miguel. Nada.- Y se vuelve a la cruz con ruidito de mueble.

Y el padre Antero da un trago largo de la botellita glugluglú y exhorta:

-Pues amén, me cago en tus muertos, así arda tu puta madre y la blanca paloma en el infierno. Amén. Gluluglú. Hala, recoge este carnaval de los cojones y vámonos para el convite, Joselito, que hay gambas de esas gordas. Glugluglú.

Y se pone a llorar y el niño José ahora sí que se lo mira acojonado.