jueves, 8 de noviembre de 2012

soñar que todavía


Soñar que desnudo en el gran centro comercial tras el desastre.
La hilera de los maniquís que tullidos adquieren grotescas ilusiones de sociedades,
por ejemplo
aquella mujer de ojos grises y lencería a jirones que levanta un único brazo articulado
esperando una caricia que ninguna de las otras erguidas penumbras va a ofrecer.

Poco es capaz de aguantar el hombre que sueña
las horas desprovistas de voces
sin llegarse en algún punto desesperado a abrazar alguno de aquellos cuerpos incompletos
y ferozmente parados en la mitad del vacío.
Escojo aquel que mira desde el vidrio partido
a un cinéreo bulevar preñado de automóviles de nieve
y voy pasando mi decrepitud de diez dedos titilantes a través de su gélida cintura
hasta juntar nuestras dos muertes,
venir a dar a luz acaso al último de los cuerpos con vida.

Poco es capaz de aguantar el hombre que sueña
las horas desprovistas de ternura
antes de musitar otra vez el nombre de los nombres a un oído sordo de sintéticas geografías
y decir TE AMO con el último de los TE AMO
que el hombre que sueña es capaz de depositar en los objetos
como una semilla de yggdrasil que se deja caer en la brea.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

ella salía de un cuarto desperezándose


La puerta del balcón mandaba morses al comedor vacío a causa de la ventolera. Qué vacías aquellas sillas del salón, la cocina, la parte de la entrada que podía divisarse desde el sofá a través de la puerta entreabierta, la televisión apagada, los tiestos, la ropa tendida... Había un reloj que segundeaba sonoro y desacompasado con el tamborileo aéreo de la terraza. Yo pensaba en todas las cosas y en ninguna con la boca llena de magdalena y los ojos llenos de sueño. Hay momentos en que el mundo se para así, de pronto, y a uno le parece que lo abandonaron. No sé, acaso nos abandonaron a todos en algún momento y el abandono comparece puntual cuando esas ventoleras en el balcón. El caso es que del cuarto salía ella desperezándose con los brazos muy arriba y tan guapísima ya de buena mañana, que uno pensaba que sólo iba a estar linda como ella a eso de las ocho bajando el bulevar cogida del brazo de uno con las luces de las tiendas pasándole por los labios como mágicos cometas pero no, resulta que también recién levantada con los pelos hechos trigo por la cara y desperezándose con los brazos muy arriba era capaz de llenarte de edén un comedor vacío, un balcón y hasta todas las putas calles de Barcelona. Cuando ella aparecía así de los cuartos yo no me sentía poeta ni abandonado, me sentía encontrado, me sentía ella. Qué sentimiento, qué buena locura... Y no había ni un jodido sitio de este tártaro de Dios que estuviera vacío. Ni siquiera aquí adentro como ahora.


martes, 6 de noviembre de 2012

la poesía es un escarnio



No sé si quedará de mi corazón
un mísero cabo con el que atar estos ingrávidos latidos
a un buen árbol
mañana
cuando todo el aire esté formado por barrancos.

Van velándose aquellos domingos luminosos
entre estos diáfanos cúmulos lectivos,
brillantes azúcares se diluyen
en la espuma diaria de oscuros cafés.

La poesía era otro escarnio del espejo.

Arrecia un silente temporal de huracanes
en las ventanas rotas de esta acogedora intemperie
y el ruido del quebranto en sus cimientos
es un requiem en clave de epinicio
que queda adherido al seso,
al esperma sobre mojado
y al silencio de esta tierra firme.

Nuestra casa se ha desmoronado
en aquel risco azotado por un oleaje de adyacentes lejanías
a medida que alza sus nuevos muebles y papel pintado
donde antes confetis lindos de ceniza,
donde antes...
mañana preciosas urbanizaciones donde parques,
mañana historia donde vida,
mañana ella donde tú.

Hoy, mañana, la palabra.

Siempre la palabra, ese defecto,
ese desastre
con el que pretendemos
recomponer nuestras vidas.

La palabra infecta mi sueño,
cada noche baldía
palabras bellas como hembra, hogar, sándalo,
alma, nutrir, ámbar, alba, lecho, arbolado.
Palabras.
Corro de la palabra, huyo de la palabra,
en mi sueño busco esa energía del impacto suave
entre la carne de un labio y el dulce soportal de un pezón
o el dorso de una mano o una vena rosa
o un mechón reivindicado sobre los cuerpos,
acaso una mirada, un arrullo desde la puerta del comedor.

Pero tiende el anhelo maldito de nuevo al encuentro
con cálido, ternura, suave, sal, compañía, futuro...
Palabras.
En el encuentro con la palabra cada vez
infectado el sueño, la vida, todo.

Este ocio de dolerse.

Esta puta pretensión que conduce a qué...
Otra vez a la palabra.
Malditas, sucias, elevadas palabras
que hacen de la poesía otro escarnio del espejo
y del poeta un hombre solo.


lunes, 5 de noviembre de 2012

desprovisto de cualquier atisbo de palabra


Juro que su rostro es una ventana en el muro de una celda, no hay quimera más bonita en el mundo. Por eso lo miro tanto sentado en estos rincones idénticos desprovisto de cualquier atisbo de palabra. Miro ahora un cielo que transmuta en otro cielo, ahora la copa del árbol limítrofe con el bosque brindada a marítimas brisas, ahora nubes disfrazadas de trenes y galeones y cebras,
ahora ese pálido resplandor que adoro
y que derramado a largas franjas
sobre el camastro, el pan mohoso y las ratas
riela con luz blanca
esta
oscura
libertad.


Ahora un muro, ahora un muro, ahora un muro.
Ahora un muro.
Desprovisto de cualquier atisbo de palabra.